09/03/2018

FANTASÍAS DE UN BALCÓN | Segundo Premio del II Concurso de Relato Corto Erótico de San Sebastián de los Reyes

Hace tiempo que salgo a fumar al balcón, mi mujer no quiere que lo haga en casa, tal vez no le molesta el humo, le molesto yo. Cada vez paso más tiempo en la terraza. Sobre todo desde que la he descubierto, no sé cómo se llama, no sé nada de ella. Sólo sé que sale a su terraza a tomar el sol, desnuda.

Los primeros días, me escondía, no quería que pensara que soy una especie de mirón, de sátiro, cada uno es libre de hacer lo que le dé la gana en su casa, sin importar lo que piensen los vecinos. Pero ahora no me escondo, si ella no se oculta a las miradas de los demás, ¿por qué tengo que hacerlo yo? No es nada discreta, coloca su hamaca, se da crema, creo, que recreándose en determinadas partes de su cuerpo y se tumba, con las piernas abiertas, dejando ver su coño totalmente depilado.

Salgo a la terraza y me preparo para el mejor momento del día. A mi edad no es habitual sentir esa excitación, se me pone dura sólo con pensarlo y cuando la veo, pierdo el mundo de vista. Creo que me ha visto tocarme, estoy empezando a obsesionarme con esos ratos de sol, de sexo, de corridas mal disimuladas cuando vuelvo a entrar al olvido de mi verano de rutinas y sexo vacío en la cama de los encuentros desafortunados.

Momento casual en el ascensor, es la chica del balcón que vuelve de la playa. Huele a sal, a arena, a viento, a cometas volando en el levante.

- ¿A qué piso vas?- le pregunto, mientras noto una erección salvaje en el interior de mi bañador de hombre casado.

- Al segundo, como si no lo supieras.

- ¿Qué?- intento contestar mientras ella sonríe.

- Sabes perfectamente donde vivo. ¿Crees que no me doy cuenta? También sé que te pajeas mirándome. No, no te preocupes, estoy acostumbrada. ¿Quieres subir a hacer realidad tu sueño? - me miraba el bulto que evidenciaba mi desesperación.

- ¿Ahora?

Vamos directamente a la terraza, ella se va despojando de la ropa desde que hemos entrado en el piso. Se tumba en la hamaca y comienza a tocarse, mirándome fijamente. Me quito el bañador sin pensar que, igual que yo, otros vecinos aguardan la hora en la que la chica del segundo monta nuestro espectáculo. Me tumbo igualmente en la hamaca, se pone a horcajadas y hace que la penetre violentamente. Si se sigue moviendo así me voy a correr demasiado pronto. Qué más da, cuando la miro tampoco aguanto mucho. Siento las miradas de los vecinos mientras ella sigue follándome sin parar hasta que no puedo evitar un violento orgasmo como nunca antes he tenido. Se aparta, sin más, me dice que me vaya y que deje de mirarla a escondidas.

- Cuando quieras ven a verme.

Me acabo de mudar  a esta ciudad con playa, ha sido una manera de olvidar el pasado, pero sobre todo a mi ex. Mi psicólogo me recomendaba un cambio, y yo soy de extremos. Así que aquí estoy, lejos de todo, comenzando una nueva vida. Salgo al balcón desnuda para tomar el sol y he comprobado que tengo unos cuantos seguidores. Como en las redes sociales, me estoy exponiendo al público, me vigilan y les gusto. Me sube el ego enormemente. Durante el día deseo ese momento. Hay un vecino mayor que yo, rondando los cincuenta, que me mira. Desde mi posición de treintañera me resulta súper morboso, no sólo por la edad. No sé si está casado, pero su vida debe de ser tremendamente aburrida, cuando se preocupa de salir todos los días a la misma hora.

Al principio miraba disimuladamente, ahora no se corta ni con cristales. Le he pillado tocándose, el hecho de pensar que los viejos verdes se asoman a la terraza a verme y se tocan me da un asco horrible. Pero es que desde que le he visto a él hacerlo me da igual todo. Me bronceo mirándole y me excita de manera sobrehumana imaginarme con él aquí en el balcón. Trata de ser cauto, y se agarra con las dos manos, pero es que aun así se intuye algo por encima. ¡Tiene que ser brutal! He de reconocer que he tenido alguna vez que meterme al baño corriendo después de tomar un rato el sol, a terminar de sofocar el calor de la piel y de otras zonas de mi cuerpo.

¡Bingo! Es él y está en el ascensor. Voy cargada con las cosas de la playa y llena de arena, pero si no aprovecho la oportunidad creo que esto se quedará en una simple fantasía incumplida. He entrado por los pelos, se cerraba la puerta. Me pregunta que a qué piso voy y yo le he sugerido juguetona que ya lo sabe perfectamente, que le he visto masturbándose mientras tomo el sol.  Le va a reventar el pantalón y sí, le voy a invitar a que suba a mi piso…

Nos faltó tiempo para desnudarnos y dejar la ropa tirada por el suelo de mi piso. Le he llevado directo al balcón, ese ha sido nuestro sitio de encuentro y me pone pensar en tener sexo con él ahí, en nuestro mundo, olvidándonos de las miradas ajenas. Me he subido encima de él como una loca y me ha hecho tener uno de los mejores orgasmos de mi vida, en cinco minutos. No sé por qué me da que voy a querer repetir, pero creo que está de vacaciones.

Le prohíbo que siga espiándome, le he dicho que siempre que quiera le invito a venir a verme y quién sabe, lo mismo podemos acabar compartiendo algún que otro cigarro.

¡Dios sólo espero no volver a enamorarme!

- Cariño, fumas mucho. Deberías intentar dejarlo, a tu edad tienes que pensar en cuidarte.

- No te preocupes, en cuanto volvamos a Madrid, como allí no tenemos terraza, pensaré en dejarlo.

 

*Relato galardonado con el segundo premio en el II Concurso de Relato Corto Erótico de San Sebastián de los Reyes. Autor: Adolfo Martín Espinosa