08/09/2016

Roald Dahl, un gran contador de historias

Alguien sumó los más de 100 millones de libros vendidos con la firma de Roald Dahl y calculó que equivaldrían a la gran pirámide de Giza. Pero, más allá de los números —en los que arrasa su fan J.K. Rowling, que podría rodear la Gran Muralla China con sus 300 millones de ejemplares— el escritor galés tiene el honor de reunir a distintas generaciones en torno a los mismos títulos sin que el tiempo haya hecho mella.

Pruebe a leer de nuevo alguno de los relatos de este gran contador de historias y se sorprenderá porque le gustarán tanto como entonces. ¿Quién no quiso los poderes mentales de Matilda? ¿O entrar en la colorida fábrica de Willy Wonka? ¿Que crío no querría ahora repartir sueños con el gigante bonachón durante al menos una noche?

El padre de todos esos personajes nació hace un siglo y esos 100 años nos animan a seguir sus pasos y a repasar un legado que ocupa kilómetros de estanterías e infinitos terabytes de imaginación. Finales inesperados y personajes traviesos y excéntricos, que cuestionan la autoridad, y adultos que la mayor parte de las veces son meros cretinos.

Porque, igual que la niña que aprovechaba las visitas de su madre al bingo para escapar a la biblioteca del pueblo, los libros nos transportan "a nuevos mundos y nos presentan a gente fantástica que vive vidas excitantes", como "Conrad", "Kipling" o "Hemingway". Las lecturas nos permiten "viajar a lo largo del mundo" mientras estamos sentados en "nuestra pequeña habitación", como la inteligente Matilda, la protagonista del libro al que pertenece la cita.

La pequeña habitación de Dahl, que falleció de leucemia en 1990 a los 74 años, erauna cabaña de espacio muy reducido situada en el jardín de Gipsy House, su casa enGreat Misseden (Buckhinghamshire), un pueblo a unos 40 kilómetros de Londres donde la familia vivió durante más de 40 años. The Hut, que así la llamaba, puede verse ahora tras un cristal en el Museo que hay en la localidad dedicado a su legado, donde además se ha construido una réplica para que los niños puedan tocar lo que les parezca y se sumerjan en un universo donde la creatividad es la norma.

"Dahl es probablemente el escritor de libros infantiles más importante del siglo XX y a los niños les encanta", explica Natalie Wallace, la responsable del departamento pedagógico del Museo Roald Dahl de Great Misseden, que también posee todo su archivo, incluidas las cartas que escribió a su madre desde los nueve años. "El Museo es muy interactivo y, aunque ya saben mucho del autor antes de venir, aquí ven cómo están unidos unos libros con otros y a ser creativos de la misma manera que Dahl lo fue. Eso es muy importante para nosotros".

Aquí no hay silencio, la idea es potenciar la lectura infantil y que los pequeños se manchen y descubran por sí mismos: dos niños rubios sacan sombreros y trajes de un baúl, mientras otros, en la estancia contigua, dibujan a la manera de Quentin Blake, el ilustrador que marcó las facciones de los personajes de Dahl en nuestro imaginario. Hay una lista en la pared en la que cada semana van cambiando los títulos favoritos del autor que votan los visitantes.
 

Varios retratos de Roald Dahl en distintos momentos de su vida. | The Roald Dahl Literary Estate


En The Hut nacieron las criaturas más populares de Dahl, muchas veces inspiradas en la campiña inglesa que le rodeaba. De esa choza salieron, además de los ya mencionadas, el Superzorro —el Fantastic Mr. Fox de la película de Wes Anderson—, cuya casa estaba en un árbol centenario en las proximidades, o Danny, el campeón del mundo, que compartía con su padre la caravana gitana que en la vida real servía como cuarto de juegos de los hijos de Roald Dahl.

Es un espacio angosto y repleto de objetos —hay un pequeño avión que recuerda su paso por la RAF, decenas de papeles de chocolatinas que conforman una bola e infinidad de fotos— en el que trabajaba metódicamente de 10 a 12 por la mañana y de 4 a 6 por la tarde, porque estaba convencido de que la concentración se esfuma después de dos horas de tarea.

El sillón orejero donde siempre escribía Roald Dahl en su casa de Great Misseden (Inglaterra). | Foto: Javier Nadales


Siempre se sentaba en el mismo orejero, que había preparado con un agujero posterior para sus dolores de espalda, con una tabla cubierta de tapete verde como escritorio, y con el mismo modelo de seis lápices recién afilados que compraba en EEUU (los Dixon Ticonderoga del número 2) e idénticas cuartillas a rayas de color amarillo en las que escribía a mano. Al lado puede leerse en un cartel el consejo que le dio Ernest Hemingway y que siguió a rajatabla: "Cuando todo vaya muy bien, deja de escribir". Sin tentar a la suerte de más.

Una existencia pausada y bien medida que contrasta con la que el autor llevó en la otra mitad de su vida. Nacido en la elegante barriada de Llandaff, en Cardiff, de padres noruegos y llamado así por Roald Amundsen, el explorador que conquistó el Polo Sur, se marchó muy joven a África para trabajar para la petrolera Shell. Su mala experiencia en los internados ingleses, al otro lado del Canal de Bristol, le alejó de la universidad. Había sufrido la cruel disciplina y los abusos de compañeros mayores que tan bien quedan reflejados en sus libros.

En Cardiff, pueden descubrirse algunos posos del autor, aunque sorprende que la capital galesa no se reivindique más como patria chica del escritor. Hay una plaza enorme con su nombre frente a la bahía, que en verano se llena de atracciones y arena de playa para los niños, y una placa azul en Llandaff, en un local chino de comida para llevar con aspecto de estar cerrado hace tiempo.

El cartel recuerda que ahí estaba la tienda de dulces de la señora Pratchett, donde una travesura de Dahl y cuatro amigos, cuando solo tenían siete años, les costó una paliza en la escuela primaria de la catedral, situada en las proximidades. Cuando la viuda se despistó con otros clientes, los niños le colaron un ratón en un tarro de caramelos para vengarse de sus malos modos. El escritor recordó aquella anécdota en su autobiografía Boy para denunciar los fuertes castigos físicos que eran habituales en los centros educativos británicos.

Fachada del museo dedicado al escritor en Great Misseden, pueblo inglés donde vivió más de 40 años. | Foto: Javier Nadales


En Dar es Salaam, en la actual Tanzania, le sorprendió La Segunda Guerra Mundial y se alistó en el Ejército. Tuvo un grave accidente en un avión Gladiator en el desierto de Libia cuando todavía no había entrado siquiera en la contienda directa, ycombatió con un Hurricane en la batalla de Atenas, en abril de 1941, contra los Messerschmitts alemanes.

Las secuelas, unos terribles dolores de cabeza en vuelo, le terminaron apartando del servicio y su nueva misión fue con el embajador de Reino Unido en Washington. En la capital estadounidense se codeó con gente muy importante, incluido el presidente Roosevelt y su esposa Eleonor, y acabó involucrado en el servicio de información británico, en el departamento encargado de convencer a los estadounidenses para apoyar a los Aliados.

Ya en Nueva York, su misión, a lo James Bond, era seducir a mujeres maduras e influyentes que se unieran a la causa. Como Millicent Rogers, la esposa de un magnate del petróleo que también tuvo un affaire con Ian Fleming, el creador de 007 y amigo personal de Dahl (fue el guionista de Solo se vive dos veces, de 1967), o la congresista Clare Booth Luce, la mujer del propietario de las influyentes revistas Timey Life. Tras conocer al apuesto Dahl, de ojos claros y casi dos metros de estatura, la congresista defendió presta su anglofilia ante la Cámara de Representantes. Fue, como dice Donald Sturrock en la biografía autorizada por la familia Storyteller. The life of Roald Dahl (2010), "un maestro del mundo de las joyas y los cócteles".

El donjuán contrajo matrimonio en 1953 con la actriz Patricia Neal, que acababa de salir de un romance con Gary Cooper y que ganó un Oscar por su papel en Hud junto a Paul Newman. La pareja, que tuvo cinco hijos, sufrió la desgracia del atropello del carro del bebé Theo y, sobre todo, la muerte en 1962 por encefalitis de la pequeña Olivia, de siete años, que cambió el carácter del escritor y supuso una gran ruptura en la familia: "Nunca quería hablar de Olivia, no quería que nada saliera", recordaba Patricia Neal. Los Dahl ya vivía entonces largas temporadas en Great Misseden y el escritor había publicado su primer libro infantil, James y el melocotón gigante (1961).

Poco después, Neal sufrió un ictus cuando rodaba con John Ford la última película del director, Siete mujeres y estaba embarazada de su última hija, Lucy. Tras un largo proceso en el que Dahl se obsesionó con su cuidado, la actriz logró recuperarse, aunque tuvo algunas recaídas. En ese tiempo, el escritor comenzó una relación adúltera con una buena amiga de su esposa, Lizzy, con la que se casó en 1983 poco después del divorcio.

Lizzy Dahl, que convivió con él hasta su fallecimiento, se encarga del legado del escritor. En Great Misseden está su tumba, en la que nunca faltan las cebollas que le encantaba plantar. Hay además unas huellas del gigante bonachón, el personaje que era su alter ego y cuyo libro dedicó a la fallecida Olivia, y que simulan, en cierto modo, que Roald Dahl sigue hoy muy presente.

Fuente: El Mundo